Los ojos no ven lo que el cerebro desconoce

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lunes, 19 de diciembre de 2011

Ella... (2/2)

     El hombre de familia de gesto adusto y aparentemente indiferente a la actividad de las mujeres se limitaba a observar sentado desde una esquina, cerca de una ventana que apenas iluminaba la mitad de su faz, pero por dentro el corazón le latía  a mil por hora igual que a la experimentada anciana que ya se apuraba a colocar la ropa de cama adicional, sus prisas chocaban con la lentitud de sus pasos y eso la empezaba a molestar de meses, pero no había tiempo para dolores propios, pronto llegaría Francisca preparada y si había suerte, con el proceso un poco adelantado, situación que evidentemente disminuiría el esfuerzo físico de la anciana y sus asistentes, a  lo lejos ya se miraban las luces de las que acompañaban a la esperada visita que presas de la precoz noche tuvieron que echar mano de sus lámparas de mano, el ajetreo empeoró pero con precisión prudente, los baldes iban y venían de fuera hacia adentro, no pasaron muchos minutos cuando el ladrido de los perros que circundaban la casa anunció la apresurada llegada, la puerta de poco menos de dos metros, se abrió de un solo golpe y Francisca fue recibida por las tres hijas más pequeñas que rápidamente la acompañaron a la habitación, la recostaron y  la dejaron a cargo de sus hermanas mayores, Ella le observó detalladamente, le miró los ojos profundamente, le tomó la mano, y le examinó el abultado vientre, cuya forma ovalada de bordes menores superior e inferior indicaban, sin duda, para la anciana el tipo de procedimiento a seguir, aduciendo una dificultad menor, con delicadeza colocó su maltratada mano sobre la parte inferior del vientre y así la mantuvo durante un par de minutos, después de su riguroso examen lanzó una mirada a la hija más cercana y con un simple gesto indico que debían seguir con prontitud en la asistencia inmediata, apuradamente las tres se pusieron de acuerdo destinando tareas precisas para cada quien, la vieja mujer ayudó a Francisca a colocarse un tercio hacia abajo de la cama, con las piernas sobresaliendo del borde, y flexionadas intencionadamente por comodidad y necesidad natural aprendida, con destreza fue cubierta con los trozos pequeños de trapo que alcanzaban a cubrir desde la cintura hasta la parte media de las piernas que previamente habían sido aseadas con abundante jabón y agua limpia, mientras que una de las hijas colocaba, con un trapo húmedo, la preparación de hierbas, sobre el vientre en suaves movimientos circulares en sentido de las manecillas del reloj, otra de las hijas se encontraba a la cabecera, sosteniendo la cabeza de Francisca entre sus piernas y alisándole el cabello con un poco de la misma preparación, mientras que madre e hija grande, trabajan simultáneamente.

     Un quejido intenso y convulso acompañado de los hábiles movimientos de Ella, iniciaban el procedimiento muchas otras veces practicado, Francisca cada vez más agitada emitía sonidos y quejidos con una discreción cultural cada dos o tres minutos, y con cada quejido las facciones de la cara se congestionaban en una mueca de dolor y esperanza, las manos húmedas como la frente y ¿qué decir de las piernas? que con un fino tremor luchaban por mantenerse en la posición original, la cansada y anciana mujer mantenía la calma con estoicismo, sus manos, muchas veces utilizadas en labores más pesadas, en este momento se manejaban como perfectos instrumentos finos, con una mano sosteniendo otro trozo de tela se aprestaba a limpiar constantemente las áreas anatómicas que estarían en actividad durante el, ya avanzado proceso de la vida incipiente, un sonido emitido por Francisca que pudiera pasar por grito, alertó aún más a las hijas presentes, quienes ansiosamente miraban el trabajo de su madre, las manos hacían lo preciso, ayudaron a contener la abrupta salida de la cabeza del pequeño ser, con movimientos automatizados la giró a la derecha en sentido tangencial y traccionó gentilmente hacia abajo el cuello del infante logrando la salida del hombro y la mano, mismo procedimiento para el otro hombro y la otra mano, sujeto firmemente del cuerpo y mantuvo una tracción firme y cuidadosa hasta extraer la pelvis y las piernas, que con habilidad felina sujeto con la otra mano, y suspendió al niño de cabeza, permitiendo ligar el cordón umbilical con el par de pequeñas cintas blancas que estaba en la silla aledaña, una vez ligado, lo cortó con el instrumento afilado, entregó al hijo a la mayor quien lo revisó de cabeza a pies en busca de aberraciones o deformidades de las cuales tener cuidado, pero en esa ocasión todo estaba perfecto, el niño lloraba intensamente asustado, con frío y con la incertidumbre de saberse ajeno y desconocido, Ella continuó atendiendo a Francisca pues la situación no había terminado ya, faltaba el alumbramiento, la expulsión de la fuente de vida, simplemente esperó cerca de 15 minutos vigilando el estado de la muchacha tendida en la cama, agitada, cansada y muy satisfecha, un gesto menos agresivo fue el indicio del último acontecimiento, la placenta fue revisada por la anciana, la acercó a su nariz, la observó y finalmente la colocó en una bolsa de tela que posteriormente sería enterrada en un terreno destinado para tal efecto, la hija con la mano en el vientre continuaba ungiendo la esencia, con un claro gesto de alivio.

     Francisca fue asistida toda la noche sin descanso, procurando que bebiera muchos líquidos, bebidas preparadas especialmente para una pronta recuperación, le permitían dormir justo lo necesario para poder alimentar al recién nacido por primera vez después del parto, momento en el cual, la anciana, siendo la de mayor edad de la casa, le colocó, uno de los anillos de metal grabados, en el dedo medio del índice de la mano derecha, y a su vez Francisca le colocó el otro anillo en el dedo índice derecho a su madrina, por compromiso moral y emocional durante siete días y siete noches las dos estaban sujetas a mantener el anillo puesto como prueba de un compromiso, la señora anciana cuidaría de su ahijada todo el tiempo, incluso más que su propia madre, la asistiría, le brindaría los cuidados necesarios a ella y al pequeño, era un compromiso casi de sangre, un compromiso de algo más que las palabras, un compromiso eterno y de complicidad con la vida.

     Al cumplirse los siete días, cuando ya el vientre de Francisca había tomado su forma habitual y el recién nacido superado el proceso de adaptación, se reunieron de nuevo las seis hijas con la madre y ayudaron a darle el primer baño de hierbas al pequeño, junto con esto terminaba el compromiso, y el anillo era devuelto a la anciana, quien después de limpiarlo durante media noche, lo guardaba y alistaba para el siguiente evento.

     Ella murió algunos años después, cuando ya no le sobraban mas fuerzas que las necesarias y un resfriado mal cuidado la extinguió de la forma menos dolorosa, le sofoco la respiración lenta y pausadamente, sin mas temor, la experiencia no murió con ella, pues la tercera de sus hijas había mostrado un fuerte interés por la misma actividad de su madre e incluso ya tenía a más de una docena de mujeres encintas a su cuidado, la madre había muerto dejando un llanto de agradecimiento a la tierra que la vio, cientos de veces, traer con sus manos a la vida misma encarnada en piel, que en veces respiraba sudor salado de trabajo y otras tantas, al ser del vientre que al fecundarse daba comienzo al nuevo ciclo de la vida.

Ella ...(1/2)

    
     La vida llega de maneras extrañas y con propósitos ajenos a los inicialmente percibidos, la vida se abre camino en terrenos misteriosos y con manos divinas en todos los casos.

     Ella es una mujer anciana de 68 ó 70 años, no lo sabe, ni lo sabrá nadie con certeza, ni su familiar más cercano, pues cuando nació las prioridades colocaban al registro del nuevo integrante, en un lugar muy por debajo, antes estaban cosas como el trabajo por jornada para conseguir un salario miserable que pudiera ayudar a mal comer para alimentar o intentar hacerlo a los varios integrantes de aquella familia que no contó con la suerte de nacer en  un lugar cercano a la justicia social.

     Tiene un nombre y una personalidad, forjados ambos por los años que han pasado y están por suceder, por las experiencias cotidianas de enfrentarse a una vida insufrible, determinada con arbitrariedad, sin tener la oportunidad si quiera de comprender que existía algo más allá de lo que su ignorancia e ingenuidad le permitían ver, la educación, al menos en institución, no fue una opción, lo que sabe, lo aprendió de la abundante herencia de sus hermanos mayores, sus padres y sus abuelos, la forma de comportarse, de vestir sin más adornos que el color bronce de la piel y con suerte unas mejillas rosadas que con el tiempo el sol quemaba y tornaba obscuras sin queja, cocinar era un arte pobremente valorado pero disfrutado por todos, diario, muy temprano antes del primer canto del gallo, se levantaba antes que todos para poder juntar leña de maderos viejos o abandonados y así poder alimentar al fogón que serviría para calentar y preparar los alimentos que amorosamente preparó toda la vida para sus seis hijas y su esposo que ya entrado en años acudía de vez en cuando a la milpa y al corte en temporada para poder seguir aportando su trabajo a su amada familia.

     Desde muy joven mostró el interés por los mismos gustos que su abuela Dominga, y esa tarde - noche tenía nuevamente la oportunidad de poner en práctica esos conocimientos, aquella mañana había transcurrido sin mayores complicaciones, se levantó, juntó leña y en un instante el desayuno estaba listo y servido, a medio día tuvo la visita de su ahijada Francisca para notificarle que una espera más había llegado a su etapa final, se pusieron de acuerdo en la hora del mismo día para verse de nuevo y realizar el ritual con el que la vida es recibida, ya por la tarde la gentil anciana preparó lo necesario, en el cuarto más limpio de la casa el cual estaba al fondo y un poco a la derecha, al lado de la habitación de las hijas más pequeños, era una casa limpia y se podría decir que hasta con cierto orden disimulado, el paso del tiempo dejaba su huella en cada pared y en cada recuerdo de aquel pequeño y acogedor lugar, un hueco en la pared hacía las veces de marco de una puerta jamás colocada, en su lugar una cortina de flores amarillas que no llegaba hasta el suelo cubría el cuarto donde había acomodado un par de sillas que sirvieran de mesas o charolas para el material necesario así como las blancas sábanas guardadas para el evento, que bellamente dobladas y pulcras, colocó sobre una de las sillas, un balde de agua igual blanco se encontraba al lado de la cama, y al lado también de la otra silla que sostenía una serie de objetos que se utilizarían para fines distintos para los que fueron creados, pero invaluables y necesarios para lo programado, las ventanas de marco azul se encontraban perfectamente cerradas con un pedazo de madera para evitar que el viento que por aquella parte de la sierra era bastante generoso, las abriera y pusiera en riesgo la salud de Francisca.

     La hija más grande otrora ama de casa y en esos momentos asistente de su cansada madre le acercó otro balde de aluminio que contenía agua recién hervida, sujetada por las asas con un fragmento de tela insuficiente, que ofrecía quemaduras a las manos de una hija mayor, tan acostumbrada que ya rara vez se quejaba de ello, vació parcialmente el contenido en el balde blanco al lado de la cama y lo mezclo con una preparación a base de tres tipos diferentes de hierbas con propiedades específicas que se activan con el agua caliente, emanando olores un tanto dulces y etéreos, la preparación estaba tibia y mezclada con el agua hirviente se lograba una preparación de temperatura un poco más que cálida, en la silla de los utensilios se encontraban un aparato de hoja aguda de apenas 10 centímetros de longitud contando el mango de madera bruscamente tallados, un par de toallas muy limpias, otro par de cintas blancas y muy delgadas que se usarían como ligaduras, tres trozos de tela más pequeños que los que se encontraban en la otra silla, colocados con estrategia anticipada, dos metales redondeados del tamaño de una argolla o un anillo, maltratados pero aun con una bella grabación que se miraba de una nostalgia profunda;  La cama se encontraba en el centro de aquella pequeña habitación, al pie de la ventana, y aunque tenía ya todos los años, era una cama confiable, las sábanas azules contrastaban un poco en el ambiente que ya se dejaba ver obscuro pues la tarde caía y la luz que se colaba por la ventana comenzaba a ser insuficiente, el foco de luz amarillenta instalado "temporalmente" mediante alambres y clavos mal colocados pero funcionales le daban un aspecto mas bien de serenidad al lugar, las otras hijas se encontraban apuradas calentando más agua y manteniendo vivas las brazas que permitían dicho propósito, algunas traían el agua del contenedor de agua o pileta en recipientes de aluminio, las otras atizaban el fogón que para el efecto se usaba dentro de la casa, pero en el lugar de mayor ventilación, la cual se valía de una pequeña ventana rectangular colocada cercana al techo y que permitía el escape de los vapores y el humo que se iba formando.