El hombre de familia de gesto adusto y aparentemente indiferente a la actividad de las mujeres se limitaba a observar sentado desde una esquina, cerca de una ventana que apenas iluminaba la mitad de su faz, pero por dentro el corazón le latía a mil por hora igual que a la experimentada anciana que ya se apuraba a colocar la ropa de cama adicional, sus prisas chocaban con la lentitud de sus pasos y eso la empezaba a molestar de meses, pero no había tiempo para dolores propios, pronto llegaría Francisca preparada y si había suerte, con el proceso un poco adelantado, situación que evidentemente disminuiría el esfuerzo físico de la anciana y sus asistentes, a lo lejos ya se miraban las luces de las que acompañaban a la esperada visita que presas de la precoz noche tuvieron que echar mano de sus lámparas de mano, el ajetreo empeoró pero con precisión prudente, los baldes iban y venían de fuera hacia adentro, no pasaron muchos minutos cuando el ladrido de los perros que circundaban la casa anunció la apresurada llegada, la puerta de poco menos de dos metros, se abrió de un solo golpe y Francisca fue recibida por las tres hijas más pequeñas que rápidamente la acompañaron a la habitación, la recostaron y la dejaron a cargo de sus hermanas mayores, Ella le observó detalladamente, le miró los ojos profundamente, le tomó la mano, y le examinó el abultado vientre, cuya forma ovalada de bordes menores superior e inferior indicaban, sin duda, para la anciana el tipo de procedimiento a seguir, aduciendo una dificultad menor, con delicadeza colocó su maltratada mano sobre la parte inferior del vientre y así la mantuvo durante un par de minutos, después de su riguroso examen lanzó una mirada a la hija más cercana y con un simple gesto indico que debían seguir con prontitud en la asistencia inmediata, apuradamente las tres se pusieron de acuerdo destinando tareas precisas para cada quien, la vieja mujer ayudó a Francisca a colocarse un tercio hacia abajo de la cama, con las piernas sobresaliendo del borde, y flexionadas intencionadamente por comodidad y necesidad natural aprendida, con destreza fue cubierta con los trozos pequeños de trapo que alcanzaban a cubrir desde la cintura hasta la parte media de las piernas que previamente habían sido aseadas con abundante jabón y agua limpia, mientras que una de las hijas colocaba, con un trapo húmedo, la preparación de hierbas, sobre el vientre en suaves movimientos circulares en sentido de las manecillas del reloj, otra de las hijas se encontraba a la cabecera, sosteniendo la cabeza de Francisca entre sus piernas y alisándole el cabello con un poco de la misma preparación, mientras que madre e hija grande, trabajan simultáneamente.
Un quejido intenso y convulso acompañado de los hábiles movimientos de Ella, iniciaban el procedimiento muchas otras veces practicado, Francisca cada vez más agitada emitía sonidos y quejidos con una discreción cultural cada dos o tres minutos, y con cada quejido las facciones de la cara se congestionaban en una mueca de dolor y esperanza, las manos húmedas como la frente y ¿qué decir de las piernas? que con un fino tremor luchaban por mantenerse en la posición original, la cansada y anciana mujer mantenía la calma con estoicismo, sus manos, muchas veces utilizadas en labores más pesadas, en este momento se manejaban como perfectos instrumentos finos, con una mano sosteniendo otro trozo de tela se aprestaba a limpiar constantemente las áreas anatómicas que estarían en actividad durante el, ya avanzado proceso de la vida incipiente, un sonido emitido por Francisca que pudiera pasar por grito, alertó aún más a las hijas presentes, quienes ansiosamente miraban el trabajo de su madre, las manos hacían lo preciso, ayudaron a contener la abrupta salida de la cabeza del pequeño ser, con movimientos automatizados la giró a la derecha en sentido tangencial y traccionó gentilmente hacia abajo el cuello del infante logrando la salida del hombro y la mano, mismo procedimiento para el otro hombro y la otra mano, sujeto firmemente del cuerpo y mantuvo una tracción firme y cuidadosa hasta extraer la pelvis y las piernas, que con habilidad felina sujeto con la otra mano, y suspendió al niño de cabeza, permitiendo ligar el cordón umbilical con el par de pequeñas cintas blancas que estaba en la silla aledaña, una vez ligado, lo cortó con el instrumento afilado, entregó al hijo a la mayor quien lo revisó de cabeza a pies en busca de aberraciones o deformidades de las cuales tener cuidado, pero en esa ocasión todo estaba perfecto, el niño lloraba intensamente asustado, con frío y con la incertidumbre de saberse ajeno y desconocido, Ella continuó atendiendo a Francisca pues la situación no había terminado ya, faltaba el alumbramiento, la expulsión de la fuente de vida, simplemente esperó cerca de 15 minutos vigilando el estado de la muchacha tendida en la cama, agitada, cansada y muy satisfecha, un gesto menos agresivo fue el indicio del último acontecimiento, la placenta fue revisada por la anciana, la acercó a su nariz, la observó y finalmente la colocó en una bolsa de tela que posteriormente sería enterrada en un terreno destinado para tal efecto, la hija con la mano en el vientre continuaba ungiendo la esencia, con un claro gesto de alivio.
Francisca fue asistida toda la noche sin descanso, procurando que bebiera muchos líquidos, bebidas preparadas especialmente para una pronta recuperación, le permitían dormir justo lo necesario para poder alimentar al recién nacido por primera vez después del parto, momento en el cual, la anciana, siendo la de mayor edad de la casa, le colocó, uno de los anillos de metal grabados, en el dedo medio del índice de la mano derecha, y a su vez Francisca le colocó el otro anillo en el dedo índice derecho a su madrina, por compromiso moral y emocional durante siete días y siete noches las dos estaban sujetas a mantener el anillo puesto como prueba de un compromiso, la señora anciana cuidaría de su ahijada todo el tiempo, incluso más que su propia madre, la asistiría, le brindaría los cuidados necesarios a ella y al pequeño, era un compromiso casi de sangre, un compromiso de algo más que las palabras, un compromiso eterno y de complicidad con la vida.
Al cumplirse los siete días, cuando ya el vientre de Francisca había tomado su forma habitual y el recién nacido superado el proceso de adaptación, se reunieron de nuevo las seis hijas con la madre y ayudaron a darle el primer baño de hierbas al pequeño, junto con esto terminaba el compromiso, y el anillo era devuelto a la anciana, quien después de limpiarlo durante media noche, lo guardaba y alistaba para el siguiente evento.
Ella murió algunos años después, cuando ya no le sobraban mas fuerzas que las necesarias y un resfriado mal cuidado la extinguió de la forma menos dolorosa, le sofoco la respiración lenta y pausadamente, sin mas temor, la experiencia no murió con ella, pues la tercera de sus hijas había mostrado un fuerte interés por la misma actividad de su madre e incluso ya tenía a más de una docena de mujeres encintas a su cuidado, la madre había muerto dejando un llanto de agradecimiento a la tierra que la vio, cientos de veces, traer con sus manos a la vida misma encarnada en piel, que en veces respiraba sudor salado de trabajo y otras tantas, al ser del vientre que al fecundarse daba comienzo al nuevo ciclo de la vida.